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jueves, 2 de junio de 2011

"Él es muy brillante"
El profesor de música describe la experiencia de trabajar con Pablo Ulises, un niño autista, que ha ganada diferentes reconocimientos debido a su esfuerzo


Alejandro y Pablo Ulises en Con las Alas en los pies
(Foto: Sandra Carrasco/EL UNIVERSAL)
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Pablo Ulises es un niño muy brillante, me identifico con él. Cuando era niño yo quería ser de todo, soldado, bombero, doctor, piloto, y afortunadamente me he dado el gusto en muchas cosas, Pablo Ulises hace algo similar; los adultos dejamos morir el niño interno”, explicó Alejandro Dávick, profesor de música de Pablo Ulises, quien fue diagnosticado con autismo.
A pesar de su corta edad, el joven de 15 años ha recibido diversos reconocimientos como el Premio Nacional de la Juventud Bicentenario, y participó en el grupo de los más brillantes en la delegación Tláhuac, en donde habita.
Alejandro Dávick, compositor, cantante y profesor de música, comentó a EL UNIVERSAL DF que el joven además de tener gran facilidad para memorizar, es un muy talentoso.
“Un día llega su mamá y me pregunta si lo puedo recibir y yo le dije que sí. Él toca un poco la guitarra, la flauta, aunque nos enfocamos más al canto y piano. Es igual a cualquier otro alumno, y en algunos casos te cuento que se dispersa, pero en otros hasta en 5 minutos saca lo que para otros podría llevarles hasta un par de semanas”, dijo.
Luz María Escalona, madre de Pablo Ulises, indicó que el reconocimiento y ganar el Premio a la Juventud significó muchas lágrimas.
“Nos ha costado muchas lágrimas y mucho trabajo, pero finalmente estamos contentos de que lo haya logrado, fue casi un año de preparación. Ahora nos interesa darnos a conocer e integrar a los muchachos a diferentes actividades, ya sean deportivas o de cultura”, afirmó.

viernes, 13 de mayo de 2011

Inclusión educativa sin discriminación

CENTRAL | Lun. 09 may '11
“Si la escuela no nos incluye, seguirá la discriminación”

“Según la investigación que hice para mi maestría, el 17% de los alumnos tiene problemas de aprendizaje”, nos dice Edwin Córdova, un docente discapacitado que, por trabajar el tema de la inclusión educativa, ha sido premiado por Interbank.
"Desde pequeño quise ser militar pues me impresionaba ver a mi padre, quien era médico militar, lucir su uniforme”, nos dice Edwin Córdova, militar retirado y profesor. Acaba de ser distinguido por Interbank dentro de su campaña ‘Maestro que deja huella’, por su trabajo por una educación inclusiva para los discapacitados.
Conoció el Perú y sus contrastes desde pequeño. ¿Qué generó esto en usted?
Somos un país con mucha pobreza, lleno de gamonalismo y con costumbres feudales, situación que hasta ahora uno puede ver. Y en esa realidad, observé que había muchas personas discapacitadas. Recuerdo que, en algunos lugares, a los discapacitados se les llamaban ‘opas’, vocablo quechua que significa ‘tonto’. Por estas desigualdades es que nace también mi vocación militar e ingresé a la Escuela de Oficiales del Ejército.
¿Fue un buen alumno?
Entré en uno de los mejores puestos, y ya en la escuela estuve entre los 25 mejores. Pertenezco al arma de Infantería y, apenas egresé, me enviaron a Ayacucho, la zona donde actuaba Sendero Luminoso. Fue un choque terrible porque del entrenamiento pasamos a escenas reales de guerra, a enfrentamientos. Recuerdo que, a los cinco años de egresar, ya habían muerto 25 de mis compañeros de promoción.
Allí fue donde perdió la vista y una mano…
Estaba desactivando un explosivo y salí mal del asunto. Era 1987.
¿Qué le dio fuerzas para no dejarse vencer?
Mi vocación patriótica. Lo que me ocurrió le pudo ocurrir a cualquiera de mis compañeros. Reconozco que tengo ceguera, que me falta una mano, que tengo problemas de audición, pero ninguna de estas situaciones me hacen menos o me amilanan. Estoy orgulloso de lo que soy. Durante un año y medio me rehabilité en Estados Unidos y tuve la suerte de darme cuenta que allí se había avanzado mucho en cuanto a la rehabilitación de personas con ceguera, que muchos eran profesionales destacados y hasta vivían solos. Entonces, adquirí otra perspectiva del mundo y me dije: “Si otros pueden, ¿por qué yo no?”.
¿Cómo le fue al regresar al Perú?
Primero me dije “vamos adelante” y empecé a buscar trabajo. En mis planes estaba ser abogado. Para mi sorpresa, fui convocado para trabajar de profesor en el colegio Centro de Educación para la Inclusión de las Personas con Discapacidad, que hoy ya no existe. “Pero no soy docente”, le dije al director. “Sé de su trascendencia y de su lucha”, me respondió. Y como por mi formación militar dominaba temas de Historia y de Geografía y hablaba inglés, me dieron la posibilidad de dictar esos cursos. La vida me dio otra oportunidad. Por entonces no había concursos de plazas, por eso pude ser contratado (ríe).
Pero usted sí ha estudiado Educación…
Claro, ese mismo año ingresé a La Cantuta. Yo iba de civil todo pelucón, como un invidente más, pues Sendero era, por entonces, muy fuerte allí: escuchaba las arengas.
Usted promueve la educación inclusiva, que los estudiantes con discapacidad estudien no en colegios especiales, sino en colegio regulares…
Así es. Porque en la vida real, todos vivimos juntos, no estamos separados. La escuela es el país en chiquito, uno de los espacios donde uno empieza a socializar. Hacer que las personas con discapacidad estudien en colegios especiales significa discriminarlos, relegarlos. Si los discapacitados estamos excluidos desde la escuela, este modelo se va a replicar en la sociedad. Si no somos vistos como iguales desde la escuela, nunca habrá inclusión social. La escuela especial es un monstruo que excluye, y no le podemos hacer eso a nuestros dos millones de discapacitados, de los cuales, 500 mil tienen discapacidad visual y, de ellos, 100 mil están entre los cero y los 20 años, es decir, en plena edad escolar. Yo me pregunto, ¿dónde están?, pues solo trabajamos con 1,500. La realidad ha demostrado que los niños con discapacidad que estudian en colegios regulares son más competitivos que los que estudian en colegios especiales.
Por eso su persistencia en esta tarea inclusiva…
Cuando terminé Educación, empecé trabajando en un colegio especial y, desde allí, empecé a promover la educación inclusiva. Luego trabajé en el Instituto Nacional de Educación Especial –que está en el Callao–, donde capacitaba profesores en educación inclusiva. Hoy trabajo en Lima Norte, donde tenemos 300 alumnos y 25 docentes comprometidos en esta tarea inclusiva. En mis 20 años de docencia y en base a mi experiencia, he creado estrategias para que un docente regular trabaje con los niños con discapacidad.
¿Ha recibido apoyo de las autoridades?
Los muros que hay que derribar son mentales, y se irán cayendo con los años. Los grandes difícilmente cambiarán su chip. Hoy, de cada diez profesores a quienes les doy charlas, unos seis se sensibilizan, pero estamos trabajando para que todos lo hagamos. En el Perú, la educación inclusiva tiene diez años: yo trabajo veintidós años en esto y no me cansaré. Gracias a Dios, este trabajo ha sido reconocido por Interbank con el premio ‘Maestro que deja huella’.
¿En qué consiste su trabajo con los profesores?
Les doy estrategias de trabajo, les enseño a los docentes cómo tratar a personas con ceguera, cómo hablarles, cómo hacer que aprendan las lecciones, cómo hacer Educación Física con ellos… hasta cómo revisarles los cuadernos.

lunes, 14 de marzo de 2011

Recomiendan inclusión educativa para niños con TEA


Los expertos apuestan por la inclusión educativa de los niños con autismo
Madrid, 1 abr (EFE).- Los expertos consideran "muy enriquecedora" la integración de los niños autistas en la sociedad a través de su escolarización en centros ordinarios, con la ayuda de un profesional especializado, y no en colegios especiales.
Así lo han indicado a EFE-TV Luis Simarro, director técnico de la entidad Aleph, y Carlos Díez, director del Colegio Montserrat, quienes llevan a cabo una experiencia integradora de alumnos con esta patología que, según ambos, "está siendo un gran éxito".
Mañana se celebra el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, un trastorno del desarrollo que afecta a unos 300.000 niños en España y que altera las capacidades de comunicación, relación e imaginación, sin que se sepan las causas exactas de esta enfermedad, aún incurable.
Su incidencia aumenta de manera exponencial y, en dos décadas, el conocido como Trastorno de Espectro Autista (TEA) ha pasado de afectar a uno de cada 2.500 nacimientos, a un caso por cada 150.
El portavoz de Aleph -Asociación Libre para la Educación Personalizada y Humana de los Trastornos del Espectro Autista- ha señalado que la inclusión social de estos niños es posible, combinando su educación en un "aula estable" ubicada en los colegios, donde asisten también a clases ordinarias.
Se trata de que los menores con una grave discapacidad psíquica, como es el autismo, puedan beneficiarse de una experiencia de integración sin renunciar a la asistencia sistemática e intensiva que necesitan.
Si bien los niños siguen recibiendo sus clases normalmente, con la ratio profesor/alumno necesaria -máximo 1 profesor para cada 5 alumnos- comparten algunas tareas comunes con los demás escolares que no tienen esta patología, además de otras actividades.
Se intenta con estas aulas que los alumnos tengan los apoyos que necesitan de la mano de profesionales especializados y que, después, puedan socializar con el resto de los niños en otras asignaturas.
Cada escolar tiene un "plan individual" para el aula especial y la clase ordinaria, disfrutando de materias como gimnasia, conocimiento del medio o matemáticas, una asignatura ésta última donde tienen "una potencialidad realmente interesante".
Esto, ha apuntado Simarro, les permite desarrollar su etapa escolar en un colegio normalizado, sin tener que recurrir a una educación especial que, de algún modo, les mantiene aislados.
Ha argumentado que "es complicado aprender a comportarse en un ambiente normal", cuando han pasado la mayor parte de su vida en "entornos segregados, como los centros de educación especial".
Los profesionales de Aleph acompañan siempre a los pequeños, no sólo en las clases sino también en los espacios comunes, como patios y comedores.
Simarro ha confesado que al principio siempre supone para los otros chicos un "pequeño choque o extrañeza", porque su conducta les parece "peculiar", pero esto suele durarles un mes o dos, ya que "rápidamente se normaliza la situación y se hacen compañeros".
Los escolares con autismo pueden desarrollar las "máximas relaciones sociales a las que tengan alcance" y se van consiguiendo "grandes logros". "No están nunca solos en el patio, juegan con otros niños, son invitados a cumpleaños o, incluso, quedan fuera del colegio durante los fines de semana", ha comentado.
Poco a poco, y a medida que ganan independencia, ha apostillado el experto, se intenta que el menor cada vez necesite menos apoyo de los educadores especiales.
El director del Colegio Montserrat, que incorporó hace dos años esta modalidad de escolarización, ha asegurado que los niños autistas son como "un compañero más" porque, de hecho, comparten el "50 por ciento del tiempo" con el resto del alumnado.
Carlos Díez ha indicado que actualmente están desarrollando el proyecto "Con autismo o sin autismo, nuestro entorno es el mismo", donde los alumnos de segundo y tercero de Educación Primaria desarrollan actividades conjuntas como obras de teatro o maquetas.
Tanto para los afectados como para el resto de los estudiantes es "muy enriquecedor" compartir esos momentos y pasar de una situación inicial de "desconocimiento y cierta perplejidad" a relaciones de normalidad, amistad y afecto.

viernes, 18 de febrero de 2011

AUTISMO Y EDUCACIÓN

La educación, una herramienta para sacar al autista de su isla


Miércoles 9 de Febrero de 2011 | Tucumán se hace eco de un enfoque de tratamiento innovador.



NUEVO ENFOQUE. Julia Smith insiste en la importancia del ambiente escolar. LA GACETA / JUAN PABLO SANCHEZ NOLI
La presidenta de la fundación Ayuda para Niños con Autismo (ANIA), Myriam Molina, tardó tres años en dar con el diagnóstico de su hijo. El niño no se podía comunicar y se agredía a sí mismo. Siguieron varios años de probar tratamientos médicos, recabar información y ajustarse a una realidad familiar muy dura. Hasta que encontró la escuela San Martín de Porres en Isidro Casanova, provincia de Buenos Aires, con un método educativo para tratar el autismo.
En mayo del 2010, en un hecho sin igual en la historia del país, ANIA inauguró un centro educativo para chicos con esta dificultad en colaboración con San Martín de Porres. Luego de seis meses de actividad los resultados conmueven a propios y a extraños pero las autoridades del colegio siguen apostando por más. Julia Smith es una especialista en educación especial y autismo de la Universidad de Loyola en Maryland, que colabora con San Martín de Porres en Buenos Aires desde hace mas de 10 años y dicta las capacitaciones a los maestros y profesionales que trabajan en estas instituciones. Hasta hoy, la experta dictará en la sede de Yerba Buena clases sobre planificación educativa anual e individual para chicos autistas. "Nosotros tenemos un enfoque educativo y no médico. Se trata de construir un ambiente escolar que responda a las necesidades de nuestros chicos, no que vengan a hacer manualidades", explica.
En San Martín de Porres Tucumán, los chicos aprenden a sumar y a restar, a leer, a comer, a cruzar la calle. "Yo trabajo con tres chicos de 6, 10 y 11 años. Para cada uno hago una planificación individual y mido su progreso de forma constante y personal. En la capacitación nos dan algunas herramientas para trabajar. Utilizamos imágenes y un cronómetro para enseñarles a esperar su turno en una fila o para ir al baño solos", cuenta Evelina Figueroa, una maestra de nivel inicial y EGB 1 y 2, que tuvo que escribir una carta explicando las razonas para querer trabajar en esta escuela.
El ambiente es fundamental", dice Diego Tarkowski, director de la escuela. "Eso incluye el edificio, los muebles, las personas que trabajan aquí, todo". agrega. Su importancia se ve reflejada en las instalaciones con parque de juegos, pileta, aulas en perfectas condiciones. "No hay asociación de padres que haya logrado este sueño y tan rápido. Todos dicen que por su hijo hacen cualquier cosa, pero después hay que hacerlo", comenta.
El año pasado, Porres tuvo 26 alumnos y para este año esperan sumar 10 más. Los costos de asistir a este centro educativo terapéutico deben cubrirlos las obras sociales, de acuerdo con la ley nacional de discapacidad. Allí los chicos asisten a clases de lunes a viernes, en dos turnos de cuatro horas. La institución trabaja también con las familias, con quienes los chicos comparten el resto del tiempo. "He visto cosas increíbles en este tiempo, chicos que de arrastrarse para no entrar a la escuela, ahora llegan erguidos, otros que participan normalmente de un cumpleaños. Y otros que aprendieron a decir mamá y papá", se emociona Molina.